Vivencias

Y tres avemarias

Corría yo con mi seiscientos a setenta por hora comiéndome la recta de Arganda, una recta de algo más de un par de kilómetros de larga en las cercanías de este pueblo que se encuentra a veinticinco kilómetros de Madrid. Este tramo recto, después de un montón de curvas, lo habían habilitado con tres carriles para facilitar los adelantamientos a los vehículos más lentos y poder recuperar parte del tiempo sacrificado en los kilómetros anteriores en los que no se podía adelantar.

Los tramos con tres carriles suelen ser demasiado a menudo una trampa mortal. De repente, después de haber aguantado impaciente largo rato tras el tubo de escape de un camión, tienes ante ti la libertad de toda la anchura que te dan los tres carriles, y te entra por el cuerpo algo así cómo si estuvieras en la parrilla de salida de una carrera y justo de repente se pone el semáforo en verde; y así es como se cometen, por las prisas, errores muy graves. Además, estos tramos suelen tener línea discontinua para poder adelantar solo en alguno de los dos sentidos; en este caso concreto había el problema de que los que venían de frente tenían preferencia porque subían por su banda superando la vía de vehículos lentos y era yo el que debería de esperar el momento oportuno y, aún así, cuando adelantase, debía hacerlo rápidamente.

Y en esto era en lo que mi “seiscientos” fallaba, en lo de “rápidamente”.

El autobús de pasajeros que yo llevaba a mi derecha batía el récord de longitud... -¡Dios mío, cómo pueden hacerlos tan largos!- Aceleré a tope. A una velocidad de ochenta kilómetros por hora, con mi “maquinita” esto era ir a toda leche, y pronto me di cuenta de que me comería toda aquella recta antes de que, avanzando metro a metro, llegara a alcanzar la cabina de aquel autobús. Mi coche era pequeño pero el conductor me tendría que ver -pensaba yo-, su espejo retrovisor era casi más grande que todo mi coche. Se apiadaría de mí y levantaría el pie del acelerador, seguro que lo haría.

El problema en estos casos es que, conforme avanzas, se llega a un punto en donde la distancia de delante es menor que la de atrás y se hace imposible el frenar y regresar. Es el punto de “no retorno”. La velocidad es tan alta y el espacio tan largo que una frenada no te permitiría volver al hueco que dejaste momentos antes. En esta situación es cuando te dices -¡tengo que pasar!- Y en esta situación es, justamente..., cuando aparece un coche de frente.

Aquel coche venía adelantando a su vez a un otro vehículo que subía por el carril de vehículos lentos. Era el atardecer, ya todos llevábamos puestas las luces de cruce porque anochecía rápidamente y la oscuridad nos invadía. Yo avanzaba como podía pisando el pedal del acelerador sin compasión, pero las luces del coche de enfrente se acercaban a una velocidad endiablada que me empezaba a preocupar. El del autobús a mi derecha al parecer no se enteraba, el otro se acercaba, y yo no lograba mayor velocidad. De repente el de enfrente comenzó a “echarme” las luces largas. Yo me dije: -¿Quieres luces...? ¡Pues toma luces!- y le respondí con una ráfaga de las mías que el otro me devolvió..., y el del autobús, mientras tanto sin inmutarse. Sólo en el último momento, cuando la tragedia ya parecía inevitable y estaba a punto de cerrar los ojos encomendándome al de Arriba, ocurrió el milagro: la carretera se ensanchó..., debió de ensancharse porque pasamos los cuatro coches en paralelo, a mi derecha el autobús, a la izquierda un “ciento veintisiete” y por el centro yo... y el Renault-10 de la Guardia Civil, que era el que venía de frente echándome las luces.

El cruce fue tan rápido como el sentir de mis propias sensaciones corporales. Verlos pasar cerca y descomponérseme el cuerpo fue todo uno. De repente, con la garganta seca y un sudor frio que me recorría el cuerpo me habían entrado unos tremendos y desagradables retortijones en el estómago; algo me decía que si no conseguía detener el coche de inmediato me iba a “hacer” encima. Comprendí que tenía que salir de allí. Algo le ocurrió también a mi “maquinita”, quizá identificada conmigo mismo, porque de repente me di cuenta de que se había lanzado casi a cien por hora. Eso me permitió adelantarme un par de cientos de metros hasta que a mi derecha descubrí un camino rural en el que me adentré despavorido apagando de inmediato las luces del coche. La oscuridad me amparaba. Tuve el tiempo justo para frenar, abrir la puerta y bajarme los pantalones.

Estaba yo en esas, aliviándome, cuando vi pasar el coche de la Guardia Civil con el pirulo luminoso y la sirena a toda pastilla tratando de localizarme. Cuando pude al fin controlar mi cuerpo me senté en el coche, puse la radio y esperé un par de horas, antes de salir de mi escondite de nuevo a la carretera.

Esta vez fui generoso, al Padrenuestro se le unieron tres Avemarías.

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