Vivencias

Segunda oportunidad

En 1978, un año y medio después de mi desembarco en Madrid como representante de mi empresa fui ascendido a delegado. Después de pasar la prueba inicial de tres meses había conseguido afianzar una clientela fiel, que reportaba buenos beneficios tanto para mi empresa como a mí mismo. Pasaba la semana trabajando en Madrid y las provincias limítrofes, dormía en el piso que la empresa había alquilado como delegación, y regresaba a casa los fines de semana en donde me esperaban mi mujer y mi primera hija.

Fue un jueves por la noche, muy tarde, realmente ya estaba en la cama cuando sonó el teléfono de la mesilla de noche. Una llamada a esas horas no era normal y me hizo abalanzarme sobresaltado sobre el teléfono temiendo alguna mala noticia desde casa. Al otro lado una voz de hombre preguntó:

-¿Es usted Ramón Mir?

-Sí, ¿Quién es usted? -Respondí preguntando al mismo tiempo- Verá, disculpe que le llame a estas horas pero he de salir temprano para Barcelona y no he tenido otro momento durante el día. Soy Francisco Casado jefe de ventas de la firma XXX. Quisiera tener una entrevista con usted para tratar un asunto importante mañana a primera hora. Y sin esperar respuesta siguió: -estoy en el hotel O’Donnel. ¿Podríamos desayunar juntos a las ocho…? si a usted le va bien le espero en la cafetería del hotel. El asunto le puede interesar.

Recién había abierto los ojos de mi primer sueño que empezaba a coger y no sabía si aún estaba soñando o si aquella llamada era real. Tardé unos segundos interminables en reaccionar y, solo cuando el otro preguntó ¿está usted ahí…? fui capaz de contestar, -Sí…, bueno… no hay ningún problema, nos vemos mañana a las ocho.

Cuando colgué estaba tan sorprendido que se me había pasado el sueño de golpe. Me levanté, fui al salón, me senté en un sillón y empecé a recuperar mentalmente la conversación. Yo, aunque no le conocía personalmente, sabía quién era Francisco Casado, era el jefe de ventas de la empresa en competencia más directa con la mía. También sabía que su empresa era más potente, casi doblaba nuestra facturación, y que desde mi llegada a Madrid, sus ventas se habían resentido causándole serios problemas a su delegado -mi competidor- con el que tan solo guardaba una buena relación estricta de respeto.

Me costó reanudar el sueño, de hecho dormí fatal mirando el despertador a cada momento sin poder conciliar el sueño. No dejaba de preguntarme qué diablos querría decirme aquel tipo.

A las siete me levanté, y después de una ducha para despejarme, y vestirme, monté un mi Seat-133 y conduje, por el ya intenso tráfico de Madrid a esas horas, hasta la calle O’Donnel. Dejé el coche en el parking del hotel y subí a la cafetería. Inmediatamente deduje que el tipo me conocía porque en cuanto aparecí en la cafetería me hizo una seña para que me acercara hasta su mesa, al tiempo que llamaba al camarero que acudió solícito. Hizo un ademán educado de levantarse ofreciéndome su mano que estreché, pedí un café con leche y un croissant al camarero y me senté frente a él.

Fue directo al grano.

-Verás Mir -me tuteó llamándome por el apellido rompiendo la frialdad del encuentro- como ya sabes soy el jefe de ventas de XXX y en un par de meses paso a director de exportación. Necesito una persona que ocupe mi puesto actual. Llevo unos meses informándome de tu buena labor aquí en Madrid y he decidido que, si te interesa, podrías ser el jefe de ventas que necesito.

-Tras un par de segundos de silencio por la sorpresa pregunté: ¿Pero qué pasa con tu delegado aquí? Tengo entendido que es un buen elemento y os funciona bien. ¿Por qué no se lo ofreces a él? -le dije devolviéndole el tuteo.

-Precisamente porque es de aquí y va bien, no lo quiero tocar. -Me contestó. Tú eres de Valencia, seguramente te sería más fácil trasladarte a Barcelona… porque desde luego, si aceptas, deberías vivir en donde tenemos la fábrica.

-Bueno, pero tú sabes que a mí aquí también me va bien -respondí- y puedo regresar cada fin de semana a Valencia, con mi familia, sin necesidad de moverlos a ellos. No sé de qué oferta económica me hablas pero ha de ser muy importante para que me pueda interesar. Supongo que cuando me has llamado es porque ya lo tienes previsto.

-Sí, por supuesto..., pero antes te lo debes pensar. Bueno, eso es lo que quería decirte. Es una buena oferta profesional que debes meditar, y seguro que contar con tu familia. Ahora me disculpas porque he de coger el vuelo de regreso. Si en quince días no me has llamado tomaré otra decisión. Piénsalo y me llamas para hablar de las condiciones.

-Y ahí terminó la entrevista.

Al día siguiente, siguiendo la rutina de cada viernes, regresé a casa tremendamente excitado y, como siempre habíamos hecho en todas las cosas trascendentes relativas a mi trabajo, el asunto fue tratado con mi mujer a fondo, sopesando los pros y contras de aquella extraordinaria oferta.

La realidad era que por entonces mi empresa empezaba a tener verdaderos problemas de liquidez y, aunque aún era algo interno que no había trascendido fuera de la empresa, a los empleados empezaba a preocuparnos el futuro a medio plazo por cuanto que se empezaban a retrasar el cobro de nuestras comisiones. De hecho, en algún momento llegamos a pensar que si las cosas empeoraban habría que ir buscando soluciones drásticas. Así que aquello llegaba en un momento como para pensarlo en serio.

Pasamos el fin de semana dándole vueltas a la cabeza sin saber qué decidir. El lunes regresé a Madrid y pasé la semana trabajando según costumbre, pero no andaba muy centrado. Recuerdo que en un par de clientes coincidí con el representante de la otra firma pero siguiendo la costumbre de cortesía esperé a que saliera, antes de entrar yo, y al cruzarnos nos saludamos como siempre. En el saludo acostumbrado no hubo gesto o indicio alguno por su parte que me indicara si acaso él sabía algo o no, así que yo hice lo mismo.

Transcurrió la semana y cada día, en las conversaciones telefónicas con mi mujer por las noches, hablábamos del tema sin llegar a conclusión alguna. Terminó la semana y hube de regresar.

Los viernes solíamos reunirnos el grupo de amigos con las mujeres -todos de la misma edad, y todos recién casados- para jugar interminables partidas de cartas hasta altas horas de la madrugada. Eran los mejores momentos de la semana. En aquellas reuniones de amigos, con “cubatas” de por medio, se hablaba de todo y se compartían en armonía momentos, historias y vivencias de todos. Así fue como uno de ellos -Marcos- habló de una oferta de trabajo que le habían ofrecido para viajar por media España en calidad de Inspector de ventas, y se lamentaba de que no lo iba a aceptar porque “eso de viajar permanentemente y dejar a la mujer sola en casa” no le iba. Comentó que las condiciones eran muy buenas, pero que, decididamente, él no lo iba a aceptar. Me interesé por saber más y les comenté lo que me había ocurrido, precisamente la semana anterior.

Entre la mezcla de comentarios suscitados en el grupo alguno dijo: -yo antes de cambiar la residencia a Barcelona y trasladar a la familia miraría la oferta de éste, si no la acepta. -dijo señalando al otro.

Mi mujer y yo nos miramos cómplices. Podría ser una salida ante los problemas actuales de mi actual empresa. Y por otra parte esa semana terminaba el plazo para contestar al de Barcelona.

Para cuando de madrugada finalizamos aquella reunión y volvimos a casa, mi mujer y yo ya habíamos tomado la decisión. No aceptaba la oferta de Barcelona y me movería en el sentido de conseguir la oferta de mi amigo Marcos, que finalmente conseguí.

Meses después, el 12 de julio de 1979 tuvo lugar un desgraciado suceso: el hotel Corona de Aragón, de Zaragoza, había ardido. Se quemó. En aquel incendio -al parecer provocado, según se comentó, pues “casualmente” esa noche se encontraba hospedada en el mismo la viuda de Francisco Franco, que hubo de ser rescatada con toda urgencia por su propio servicio de seguridad- perecieron nada menos que ochenta y tres personas. Cuando un par de días después la lista de los fallecidos se hizo pública y la curiosidad morbosa me hizo repasarla, la sangre se me heló en las venas. Uno de los cadáveres hallados era de un tal Francisco Casado. Con una simple llamada pude constatar que se trataba del mismo. Se supone que debería haber estado yo en su lugar, ocupando su puesto, en el caso de que hubiera aceptado su propuesta.

Sin duda, yo tuve mi segunda oportunidad.

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