Un perro perdido

Uno de los modos que tiene el hombre de comportarse más cobardemente es maltratando a un animal. Haciendo esto demuestra su bajeza de alma y como hemos dicho, su cobardía. Historias tan tiernas como la que les sugerimos que lean, nos reconcilian, a menudo, con parte de los seres humanos.

Ya hace tres semanas, ¿no, señor Junes? —después de cuarenta años continuaba llamando "señor" a su marido—. ¿Has hecho algo por encontrar al dueño?.

—Sí, claro. Pero probablemente no es un perro de la vecindad. Si no, no se habría quedado aquí tan contento.

—¡Yo no estoy tan segura! —le regañó cariñosamente, dejando a un lado las manzanas que había estado pelando—. ¡Con lo que has estajo mimando al muy bribón! ¿No te obliga la ley a poner un anuncio en los periódicos?

—Sí. tres veces en la sección de objetos . Lo he preguntado en el pueblo esta mañana.

—¿Pero no pusiste el anuncio?

—Ultimamente he estado muy ocupado —se defendió sin mucha convicción—. Y hay algo que me preocupa: si ponemos un anuncio, ¿cómo podemos estar seguros de que el que lo reclame es su dueño? Me molestaría ver que un perro precioso como éste...

—Haz que quien lo reclame describa al perro antes de que lo vea —respondió su mujer—, y que llame al perro por su nombre. ¿Has descubierto cómo se llama?

—No, y he intentado todos los nombres que podría tener un perro de caza. Pero sigo probando...

HENRY JUNES había pasado la mayor parte de su vida enamorado de un sueño. Hasta la edad de catorce años, vivió en el campo donde pasó muchas tardes maravillosas cazando ardillas con su foxterrier y una preciada carabina del 22. Pero al morir su padre, Henry y su madre tuvieron que trasladarse a la ciudad para ganarse a duras penas la vida. Henry desempeñó diversos trabajos mientras asistía a la escuela. Más tarde siguió unos cursos nocturnos y consiguió un trabajo como ayudante de contable en un banco del centro, donde veía mucho dinero, pero no recibía demasiado. Pasó 35 años en el mismo despacho, en la misma mesa, haciendo las mismas cosas durante días interminables.

Sin embargo, no sintamos compasión de él, pues el señor Junes acariciaba un sueño: algún día volvería al campo a continuar la vida de su niñez. A los 66 años adquirió una propiedad; una finca abandonada donde la tierra no era demasiado buena, pero al fin y al cabo una finca. No era una zona de ardillas, pero en sus paseos encontraba bandadas de codornices y el estruendo que producían al dispersarse le llenaba de emoción.

Había comprado también una magnífica escopeta de calibre 20. Pero no tenía perro y el tipo que quería resultaba difícil de encontrar, aunque hubiera tenido el dinero. Entonces, por intercesión de la divina providencia, llegó un perro de ninguna parte y se quedó en la casa de los Junes...

EL SEÑOR Junes sabía desde el principio que tendría que poner un anuncio informando que había encontrado el perro. Se sentía obligado a hacerlo por su honor y algo avergonzado y sorprendido de sí mismo por no haber cumplido ya con su deber. Pensaba con desasosiego que sería extraño que nadie reclamase un perro tan hermoso.

Algunos días después, el anuncio apareció en la sección de objetos perdidos del periódico local: ENCONTRADO PERRO. DUEÑO PODRÁ RECOBRARLO IDENTIFICÁNDOLO.

Pasó una semana y nadie reclamó el perro. Luego un coche desconocido se detuvo ante la casa. El señor Junes había estado haciendo sidra y su mujer salía en aquel momento de la huerta con el delantal lleno de ciruelas. El forastero se acercó directamente hacia ellos. Notaron que era alto, con una sonrisa infantil que iluminaba su semblante y que una de las mangas de su chaqueta colgaba sin vida de su hombro,

"Espero que perdonen que les moleste", dijo. "He venido para... ¡Hombre, sidra!" se interrumpió con un silbido de admiración. "Sidra recién hecha".

El señor Junes sacó un vaso y lo llenó hasta los bordes. El joven bebió un vaso tras otro y finalmente dijo:

"Ya que me he portado como un glotón, déjeme que haga el siguiente barril".

Viendo que le faltaba un brazo, el señor Junes quiso protestar, pero no supo cómo hacerlo.

"No tiene importancia", dijo el joven. Los rodillos zumbaban mientras las manzanas recién lavadas caían en la tolva.

Después de un rato la señora Junes entró con una bandeja con comida para su visitante. "Ha hecho usted un largo viaje. Pensé que quizá..."

El joven comió con lo que la señora Junes hubiera llamado "un apetito de la edad de crecer", masticando lentamente la comida como si fuera demasiado sabrosa para tragarla. Al terminar se puso de pie acariciándose el estómago y dijo: "¡Si me quedase mucho tiempo con ustedes, tendría más tripa que un político!"

—¿Cuánto mide usted? —preguntó el señor Junes alzando la vista.

—Creo que 1,88, pero dicen que en la Infantería los soldados menguan —rió.

—Jim medía también 1,88 —dijo el señor Junes.

—No, 1,89 —corrigió dulcemente su mujer. —¿Jim?

—Nuestro hijo. Iba en el portaaviones Bunker HUI.

—Una gran tripulación la del Bunker HUI —dijo el joven con seriedad—. Estoy seguro de que están orgullosos de su recuerdo. Y su memoria volvió involuntariamente al pozo abierto por un proyectil en Nueva Guinea. Pero no era un recuerdo agradable y rápidamente continuó:

—Ahora que me he comido todo lo que tenían en casa, les diré por qué he venido. Es por el perro, el perro que anunciaron —dijo sacando de su bolsillo un recorte de periódico un poco torpemente, como si aún no hubiera aprendido a desenvolverse bien con una sola mano.

—Ah, el perro —dijo el señor Junes.

—Hace cuatro semanas —continuó el joven— se me pinchó una rueda cuando pasaba por esta zona. Mientras fui a buscar ayuda alguien entró en el coche y se llevó la maleta y mi perro. La maleta no me importó, pero el perro...

—¿Qué tipo de perro era? —preguntó el señor Junes con voz entristecida.

—Un setter grande, macho, de color blanco y castaño, con el lomo y la cola de un tono tostado. Cuando se echaba, cruzaba las patas delanteras de una forma especial. Le reconocería inmediatamente y él a mí también.

En aquel momento la esperanza murió en el corazón del señor Junes. Al ponerse de pie, su postura y sus rasgos demacrados reflejaban por primera vez en las últimas semanas sus 66 años. Incluso cuando sabemos que algo va a suceder, conservamos la esperanza de que no ocurra.

Pero Henry Junes era un hombre honrado y dijo: "Estoy seguro de que se trata de su perro, pero, si no le importa, me gustaría que usted le llamase por su nombre y esperase a ver si le reconoce. Fue con el chico del vecino a buscar la vaca y debe de estar volviendo ya por el campo".

Junto al borde del campo los dos hombres tropezaron con un nidal de codornices que se alejaron aleteando rápidamente hacia un bosquecillo de alisos.

—¿Ha visto? ¿Ha visto eso? Aquí fue donde las encontramos el otro día. Por aquí hay bastantes nidales, pero no creo que yo pueda aprender a darles. No he tenido oportunidad de cazar desde que tenía catorce años, y ahora...

—Un momento —interrumpió el joven—. Dice usted que el perro las encontró aquí hace unos días, y ¿qué hizo?

—¡Fue algo digno de verse! —respondió el señor Junes—. Se quedó quieto largo rato con la cabeza y la cola levantadas. Era como una estatua blanca y castaña. Le digo que era todo un espectáculo. Pero me temo que yo no podría aprender a acertarles. ¿Cree usted que podría? —le preguntó ansiosamente, hablando a trompicones— ¿Le parece que soy demasiado... viejo?

—Estoy seguro de que puede aprender —contestó el joven—. Con un buen perro y un poco de práctica lo haría estupendamente. Con toda seguridad.

Arrastrado por la intimidad del momento y la emoción inefable de la huida de la bandada, el joven manco preguntó a su vez, "¿Cree que yo podría aprender?" Pero dándose cuenta de su indiscreción se volvió rápidamente.

"Aquí viene ya", dijo el señor Junes mientras el setter se acercaba corriendo. "Apuesto a que se alegrará de verle".

El perro empezó a correr hacia el joven y luego se detuvo y miró indeciso hacia el señor Junes. De pie en medio de los dos hombres miró de uno al otro con una expresión perpleja en su rostro. Luego, después de resolver algún problema mental, se dirigió decididamente hacia el señor Junes y le lamió la mano.

Después de un silencio incómodo, el joven dijo: "Se parece. Se parece extraordinariamente. Pero los perros se confunden a menudo. El nombre nos dará la respuesta. ¡Aquí, Jefe, ven, Jefe!", llamó suavemente.

Por toda respuesta, el perro gimió y escondió el morro en la mano extendida del señor Junes.

"No es mi perro", dijo el joven. "Espero que descubra cómo se llama. Cambiarle el nombre a un perro trae mala suerte".

De regreso a la casa, el joven les dio las gracias apresuradamente por su hospitalidad y se marchó. El señor Junes y su mujer oyeron el ruido del coche que se alejaba. "Un buen chico", dijo el señor Junes. "Me pregunto por qué tenía tanta prisa. Cuando describió el perro, pensé que era el suyo. Me dio un susto de muerte".

Luego, después de una semana, cuando no apareció nadie más reclamando al perro, se disiparon los últimos temores del señor Junes. "Ahora el único problema", dijo, "será encontrar cómo se llama. A un perro no se le puede poner cualquier nombre".

Aquel mismo día encontró un telegrama en su buzón. Venía de una ciudad distante y no iba firmado. El señor Junes miró el texto, que era bastante breve.

Decía: PRUEBE TENNESSEE.

Nos han mandado este artículo. Fué publicado en el año 1974 con lo que algunos aspectos seguramente no serán exactamente iguales hoy en día, aunque tenemos constacia de que la gran mayoría todavía está vigente. Fué escrito por Havilah Babcock y entendemos que el que alabemos este artículo, no perjudica a nadie, antes al contrario. Nos obstante, si su autor o poseedores de algún registro se sintieran perjudicados, les rogamos nos lo indicaran. Gracias.